Pobre indigno, pobre roble
mutado de boca y esfinge
tiene una arruga que le
atraviesa.
No es más, no pesa
sus oídos ya no oyen
y su corazón le encarcela.
En su espalda hay una trampa,
que le vuelca la mirada
indómita y mate
profunda y perfilada.
Lee bajo la lluvia,
escribe en las ventanas
no sabe que el agua
renace, pura y confiada.
Sus dientes ya no muerden,
solo mastica la simiente
entre vómitos, entre llantos
desgarrados y ausentes
de una dulce luz
que un día ocupó su mente.